Michael (2026): luces, sombras y silencios en un biopic que no se atreve del todo
Tras quince años desde su desaparición, por fin tenemos aquí el biopic de una de las estrellas pop más grandes de todos los tiempos. Acudí a la película un poco obligado por la escasa cartelera que ofrecían los Cinesa aquel último puente de mayo, especialmente teniendo en cuenta que contábamos con una tarjeta regalo.
Hablé con Maca y le di a elegir entre dos opciones aparentemente poco seductoras: Incontrolable (I Swear), una película británica dirigida por Jon S. Baird que había triunfado en festivales abordando el síndrome de Tourette, y Los justos (2026), una película de manufactura nacional dirigida por Jorge A. Lara y Fer Pérez que giraba en torno al soborno a un jurado español en un caso de corrupción. Apetecibles, ambas.
Yo, desde luego, ni contemplaba la idea de ver Michael. Tengo que decir que Jackson no es un personaje que me despierte simpatía, así que traté de esquivarla. De hecho, la mera idea de salir al cine a mitad de puente casi nos abocó a suspender el plan… hasta que encontramos un mensaje en el WhatsApp de Mario agradeciéndonos el esfuerzo de salir de casa y dejarle el hogar libre para invitar a sus amigos en aquella tarde-noche lluviosa que se avecinaba.
Cuando tratamos de cuadrar horarios cometí el error definitivo: decirle a Maca “ponen la de Michael Jackson”. Ella respondió algo así como “pues esa”, argumentando que le encantan los biopics, aunque estoy seguro de que nunca pronunció esa palabra.
Llegados a este punto de la crítica me pregunto por qué doy tantos detalles sobre cómo llegamos a la elección de la película. Solo puedo pensar que es una reacción casi consciente contra la crítica aséptica que podría generar una IA —y que ya hice recientemente sobre Sirat—: la existencia, en sí misma, importa.
El caso es que elegimos Michael a las 22:00 en el cine de Las Rosas, en pantalla gigante y con algo más de la mitad de la sala llena.
Dirigida por Antoine Fuqua, un cineasta al que siempre he admirado por su pulso narrativo en el cine de acción y el thriller policial —Los amos de Brooklyn, la magnífica Training Day, la magistral Asesinos de reemplazo y, muy especialmente, las tres entregas de The Equalizer—, la película sorprende precisamente por lo contenida que resulta. Lejos de ser una epopeya dramática sobre la construcción de un mito —a lo que nos tiene acostumbrados la industria americana en títulos como Elvis o Bohemian Rhapsody—, se acerca más a un retrato biográfico del nacimiento, la expansión, los últimos coletazos y la ruptura tanto de los Jackson Five como de la figura opresiva y maltratadora del padre. interpretado con enorme solidez por Colman Domingo que encarna el gran antagonista emocional del relato, aunque el guion no termine de explotar del todo las posibilidades dramáticas del personaje.
Hay alusiones veladas, y diría que poco profundas, a otros traumas infantiles: no poder jugar nunca con niños de su edad, el desarrollo posterior de esa carencia afectiva a través de la adopción compulsiva de juguetes y mascotas, Neverland como parque emocional, las referencias constantes al universo de Peter Pan, las visitas recurrentes a niños enfermos en hospitales… Todo ello, junto con la presencia dominadora, impositiva y casi esclavizante del padre, y la importancia incuestionable de la familia, conforman el caldo de cultivo del drama.
Sin embargo, la película apenas va más allá de esas pinceladas. Dramáticamente toca techo muy pronto. Y resulta frustrante que no se explique cómo se monta realmente la leyenda musical de Michael Jackson. Da rabia no tener claro de dónde nacen esos talentos, esas ideas musicales, esos pasos de baile, esos gritos, esas formas de cantar y de estar en escena que lo convirtieron en el fenómeno global que fue y que explican el furor que sigue despertando aún hoy.
Los grandes triunfos llegan primero con Off the Wall y después con Thriller, y entre medias aparecen un chimpancé y una jirafa sin demasiada explicación. Tampoco se profundiza en cuestiones clave como el blanqueamiento de la piel, el infantilismo emocional, las visitas a niños, las operaciones de nariz o la incapacidad para afrontar de verdad el conflicto con su padre.
La película se queda corta no solo en los temas que sí se atreve a tocar, sino sobre todo en la construcción del genio musical. Sí acepta, de manera bastante solvente, su trayectoria con los Jackson Five y con los Jackson en general, aunque llama la atención la ausencia de algunos hermanos —como Janet — y otros 2 que no quisieron salir, incluso aumentando la edad del penúltimo para acentuar la vida de niño prodigio del pequeño Michael.
La madre aparece como una figura secundaria, definida casi exclusivamente por una leve cojera, temerosa también del padre y poco dada a intervenir en los conflictos familiares.
La narración termina realmente en 1984, con la disolución de los Jackson en el sentido más amplio del término y la ruptura simbólica de Michael con su padre desde el escenario, evitando enfrentarse una vez más cara a cara. Aunque la película se cierre cronológicamente con un concierto en Londres en 1988 interpretando Bad, todo suena más a prólogo de una segunda parte que a un cierre definitivo.
Una segunda parte que no sabemos si llegará, dependiendo de los millones que recaude esta primera entrega, y que todos esperamos que aborde el verdadero declive: los supuestos abusos, la vida sentimental, sus dos esposas, el nacimiento de su hijs y su oscura muerte.
Mientras tanto, queda el buen sabor de boca que dejan las interpretaciones del joven Michael —interpretado por un sobrino carnal— a finales de los sesenta, principios de los setenta y comienzos de los ochenta, junto a la vistosa y poderosa riqueza musical de este black power que, a mi modo de ver, es lo mejor que nos deja la película. Brilla especialmente tanto en las actuaciones en solitario —Billie Jean, Thriller, Don,t Stop, Beat It— como, y sobre todo, en la energía desbordante de las actuaciones grupales de los Jackson Five, llenas de colorido, ritmo y un contagioso buen rollo que explica mejor que ningún diálogo el impacto musical del grupo.
Y ahí es donde la película deja poso… pero también deja una ausencia incómoda. Porque junto al indudable placer estético (propio de las peliculas de Fuqua) y musical , permanece la sensación persistente de que Michael ha optado por contar solo una mitad de la historia, la más luminosa y celebratoria, esquivando con elegancia —y quizá con demasiada prudencia— los territorios verdaderamente oscuros del mito. El resultado es un biopic eficaz, vistoso y emocionalmente agradecido, pero también incompleto: un retrato que deslumbra cuando canta y baila, y que baja el volumen justo cuando debería atreverse a incomodar. Y tal vez sea ahí, en ese silencio cuidadosamente coreografiado sobre el genio de piel clara, donde la película se delata más que en todo lo que muestra.

