Yo, que nací en el año 1973, he
disfrutado del pantano de forma muy distinta, más bien como un centro de ocio,
cuando aún no existían los centros comerciales, de un pedazo de mar en la
meseta castellana cuando aún no había posibilidad ni dinero para viajar a la
playa con la frecuencia y rapidez de hoy en día.
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Antiguo Pueblo Sumergido de San Andres, los niños corren entre las ruinas del pueblo parcialmente decubierto por la Sequia. En el primer plano Trufa.
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Pantanos memorables en mi vida,
fueron dos relacionados con casas de vacaciones familiares. Uno en Sacedón, en
la provincia de Guadalajara y otro en Villaviciosa de Córdoba
En el de Entrepeñas, en plena Alcarria,
mis abuelos paternos tenían una chalet (del que por herencia recibí un 12% que
nunca pude disfrutar) y donde, próximo a Madrid, se practicaban todo tipo de
deportes acuáticos, como el windsurf, esquí acuático, vela... Recuerdo
vagamente paseos y baños en la orilla, pelotas y colchonetas hinchables de ese
material verde teloso que desapareció hace tiempo, barbacoas y un perro negro
nadando, Atila, creo que se llamaba.... cerca había un club náutico, Las
Anclas, incluso una urbanización, del mismo nombre, que en medio de la Alcarria
contaba con 6 pisos de altura y vistas al pantano...
El Otro, el de Puentenuevo en
Villaviciosa, muy cerca de donde mis abuelos poseían un trocito de cortijo, lo
disfrute menos, solo recuerdo la parte de Camping (construido en el antiguo
poblado donde los obreros vivieron mientras se construía la presa) y el
desasosiego que me producía el saber que debajo de dicho pantano había
enterrada una antigua estación-apeadero del tren. Cuando íbamos a bañarnos a
esa zona, con una mezcla de terror y curiosidad histórica, caminábamos como
Cristo por encima del agua, hasta bien entrado la mitad del pantano, con el
agua por las rodillas, expectantes a cada paso, ya que el puente que no veíamos
bajo nuestros pies tenía agujeros, trozos rotos que te hundían en el ponzoñal.
Una vez qué llegábamos a un torreón visible rodeado de agua, donde en los años
cuarenta estuvo la estación, subíamos por el tejado para imaginar el paisaje
antes del pantano
Todos los pantanos con los que
me he cruzado en mi vida los he tendido a comparar con estos dos, pero cada
pantano me aporta cosas nuevas y cosas vividas, los ausculto, buscando
vestigios turísticos, detalles en una especie de prospección arqueológica de
tiempos recientes.
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Embalse de Cervera del Pisuerga, con el Parador en el Horizonte
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Es curioso y hasta melancólico
y posindustrial cruzarse con los pantanos hoy en día, incluso vacacionar en
ellos. Los pantanos tienen algo de rancio abolengo y al mismo tiempo de chabacanería
y cutrerío. Son playas del quiero y no puedo y sin embargo fueron una forma de
vida y ocio, que si lo pensamos fríamente puede compararse con cualquier playa,
salvo que lo que siente uno al meter los pies es más parecido a un barrizal que
a una arena lisa y la orilla más incomoda y abrupta, casi inexistencia de
chiringuitos y de las características olas. Y sin embargo tiene unos atractivos
que la playa no tendría, entre las más apreciadas: no hay bandera que te impida
el baño, tienen sombrillas hechas de árbol, la distancia con la siguiente
bañista eterna, un paisaje que no es solo mar y un sabor que no es todo sal. A
algunos incluso, en ese quiero y no puedo, se les construyeron playas con arena
y todo, chiringuito, red de vóley, cuartos de baño y hasta duchas.
En fin, los pantanos, hoy en día
denostados, apartados y subyugados a vacaciones en el interior, han perdido
pujanza puesto que hoy las autopistas surcan la península sin bajar de
120 km/h (como antes lo hacia una ardilla sin tocar suelo), para
llevarnos a mil y una playas de lujosa arena y sabor genuino y sin embargo,
cuando veraneo en el interior o finisemaneo, busco como un antropólogo
posmoderno la decadencia del pantano, sus infraestructuras ajadas, sus clubs náuticos
muertos, su urbanizaciones pasadas de moda, sus zonas de baño con sus caducas
infraestructuras, sus presas marchitas (hoy solo miradores empobrecidos), los
poblados abandonados donde habitaron sus constructores, las oxidadas placas inaugurales,
la piedra esculpida con el yugo y la flecha , sus pinos de repoblación perfectamente
alineados.... Lo busco como anhelando, en el fondo de mi alma, que vuelva su época
de esplendor o retorne mi infancia ya olvidada.
Canduela,
montaña palentina, tierra de muchos pantanos. Agosto 2015