LA OTRA PRIORIDAD NACIONAL
Al entrar en el ascensor del edificio Ática 7, que alberga el Tribunal de Instancia de Pozuelo de Alarcón, donde este servidor trabaja como agente judicial, en el complejo —todo cristal y piedra clásica, casi como un templo griego— me encontré con una mujer de unos cuarenta años.
En su cuello destacaba un tatuaje: una especie de lluvia de estrellas que nacía junto a la oreja y descendía serpenteante hasta perderse bajo la blusa blanca, cuyo corte dejaba entrever parte de su espalda. Me sorprendí preguntándome hasta dónde llegaría aquella constelación escondida.
La observé discretamente. Tenía rasgos que podrían ser latinos o quizá asiáticos; no sabría decir. De complexión normal, bajábamos juntos hacia la planta baja del juzgado.
Justo antes de llegar, dijo, casi como quien se lo dice a sí misma:
—Por fin, soy española.
Le sonreí y respondí:
—Enhorabuena.
A partir de ahí comenzamos a hablar. Me contó del examen de nacionalidad, del esfuerzo, de la espera. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, no pude evitar decir:
—Bienvenida.
Se quedó un momento en silencio, sonrió… y añadió:
—Gracias.
Más tarde, pregunté en el Registro Civil. Mis compañeras me dijeron que se llamaba Gladys y que era de nacionalidad boliviana. También me contaron que, citada a las 9:30 h, llevaba allí desde las 9:00 de la mañana, pendiente de firmar la jura de su nueva nacionalidad. Contenta, ansiosa, ilusionada.
Confieso que, al verla en aquel ascensor rodeado de grandes mansiones, pensé —con ese prejuicio rápido que a veces me traiciona— que podría ser empleada de hogar en alguna de ellas. Y sin embargo, allí estaba: a punto de convertirse en ciudadana española, después de un camino seguramente largo.
Quizá esa escena, sencilla y luminosa, dice mucho más de lo que parece. En medio de tantos debates sobre la llamada “prioridad nacional”, hay realidades que invitan a una reflexión más serena: la de personas como Gladys, que desean, trabajan y esperan para formar parte de este país, que se emocionan al lograrlo y que asumen con orgullo ese vínculo. Tal vez la verdadera clave esté ahí, en quienes sienten como propio lo que reciben y lo construyen cada día.
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