domingo, 14 de diciembre de 2025

La Gloria de Nuestra Infancia. Memorias de los hermanos Narbona Soriano (1949-1953)


Aunque nací en el año 1945 en Madrid y viví hasta la tierna edad de cuatro años en la calle Menorca 47 en el madrileño barrio de retiro, donde terminaba ese Madrid pobre y destruido por la guerra; no fue allí donde pasé el tiempo más feliz de mi infancia. Ese lugar fue el estrecho callejón de la Gloria, número cuatro, en el barrio de la Judería de Sevilla.

Más que una calle, era una estrecha calleja con mosaico de piedras en el suelo, paredes encaladas de blanco y ventanas o balcones enrejados enmarcados en amarillo donde se podía imaginar a una dama cortejada por un don Juan.

Nosotros, los hermanos Narbona Soriano, nacidos en Sevilla o en Madrid, fuimos niños de los años cuarenta y, como tales, producto de una época y una sociedad un tanto gris, que salía de una guerra que había devastado el país. Mis padres se casaron en 1939, recién terminada la guerra. Papá ejerció el periodismo hasta el año 1945 en la ciudad de Sevilla. Unas discrepancias con la dirección de su periódico, por sus abiertas simpatías probritánicas, le llevaron al cese y despido, ya que por aquella época los vientos políticos soplaban hacia la Alemania nazi. Este hecho supuso el traslado de la familia a Madrid, donde mi padre comenzó a trabajar en el Ministerio de Educación Nacional, aunque siguió ejerciendo periodismo para importantes publicaciones de la época como Marca, el Ruedo, Informaciones siendo uno de los fundadores de la revista 10 minutos.

Por dolorosos avatares de la vida, en el año 1949 nos trasladamos, momentáneamente huérfanos a vivir a la casa paterna, en aquel callejón de piratas y aventuras cercano a la torre más bella de mi vida: la Giralda. Dicen que los primeros años de vida son los que más influyen en la personalidad, y fueron esos, entre 1949 y 1953, los que marcaron para siempre mi amor por Sevilla.

La Gloria nos recibió llena de alegría y bullicio, de luz y agua, como el patio de aquella casa donde familia, amigos y vecinos se reunían y donde se nos trataba como a reyes. Al escribir estas líneas me doy cuenta de que el nombre de mi sobrina Gloria bien pudo ponérselo , mi querido, Paquito a su hija por las sensaciones de libertad y plenitud que aquella casa y sus habitantes nos regalaron. Y en cierto forma, yo termine enamorado y casado con otra Gloria, una chica segoviana, la mujer que yo más quiero, decía la jota.  ¡Bendita Gloria!

Aquel 1949 fuimos acogidos como califas en un reino de taifas: ese quinquenio en la capital hispalense, mientras Europa, sangraba herida de muerte por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, nosotros disfrutamos de la paz, la libertad y el cariño. La abuela Pepa, el tío Pepe, los primos Narbona y toda aquella familia bulliciosa nos envolvieron en una felicidad que nunca podremos olvidar mientras vivamos.

La casa era muy grande, con dos alturas y una guardilla. Teníamos dos dormitorios para los hermanos y dos patios: el patio noble, donde se recibían las visitas, y el patio trasero, el patinillo como lo llamábamos, donde jugábamos a piratas, a guerreros del antifaz, a Pedrito y Alcázar, al Coyote, a los héroes de la guerra, a policías y cacos, a las tabas, las chapas, la peonza… . Allí organizamos verbenas y juegos junto a los primos, y allí también, en una tórrida siesta de agosto, el tío Pepe —al que no dejábamos dormir— nos lanzó un cubo de agua. ¡Qué alegría de infancia!

Se preocuparon mucho los “Pepes” (el tío y la abuela) de que fuéramos felices ante la ausencia paternal. En aquella época no hubo feria ni fiesta sevillana que no conociéramos: la Feria de Abril, la Semana Santa, el Corpus Christi. La muchacha y la abuela nos acompañaban por toda Sevilla. Y si hubo un lugar donde fuimos especialmente felices, fue en los jardines del Alcázar. Nuestro padre conocía al conservador un ilustre hombre que perteneció a la generación del 27 y nos dejaban entrar a nuestro antojo para convertirnos en piratas y corsarios, en guerreros cristianos y árabes, volando en alfombra mágica con la imaginación más allá de cualquier límite.

Fuimos todos al Colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón. Era costumbre en la época que los niños pequeños, los chicos, fueran hasta la edad de la comunión al mismo colegio que sus hermanas. Luego, Paquito pasó al Liceo Francés, donde hubiéramos sido escolarizados los chicos si no hubiéramos vuelto a Madrid en el año 1953.

Llegados a este punto, pienso que nuestro carácter, nuestra forma de ser, ese amor por volver a Sevilla, nuestra personalidad se construyó en esos años y se afianzó en Madrid, en el gris de la calle Sainz de Baranda, en aquel piso interior que en cierta forma frustró nuestra alegría andaluza, aunque nunca la sometió, porque los hermanos siempre conservamos una alegría hispalense. Recuerdo a Paquito, aquel sabelotodo que tenía que imponer sus ideas, pero con una ternura exquisita. Me acuerdo de Fernán, el más cariñoso de todos, que sabía escuchar, aunque era muy cabezota. Me acuerdo de María Reyes, mi hermana pequeña, que era muy chiquita, muy bonita, pero tenía muchísimo carácter. Y cómo no, de la madre del grupo, Flavia, la hermana mayor que en aquellos años de ausencia paterna sostuvo con ternura parte importante de nuestra crianza .

Y yo, que en cierta forma desarrollé un carácter muy independiente, incluso escapista, que me brindaba la oportunidad —o la desdicha— de no entrar fácilmente en muchos juegos de los que allí se desarrollaron y sin embargo siempre dado a la alegría, a la risa y son famosas mis, por entonces, imitaciones de Cantinflas un recuerdo muy vivo que perduro en mis hermanos. Y cómo no, el tío Pepe, que fue como un padre para nosotros, cariñoso, amable, sonriente, juguetón, que nos llevó a la playa en esos veranos y en veranos que vendrían más tarde, cuando exiliados de la ciudad gris de Madrid pasábamos las vacaciones en la luminosa Sevilla, visitando la playa de Cádiz y asistiendo a fiestas y verbenas.

 

La foto que aquí vemos se hizo en el año 1950 en los jardines de Murillo, en Sevilla:
 plenitud de nuestra infancia y gloria nuestra.


Hoy, al mirar atrás, siento que aquellos años no fueron solo un capítulo de nuestra infancia, sino la raíz de lo que somos. Entre el bullicio de Sevilla, las risas en los patios, los juegos interminables y el cariño de quienes nos rodearon, aprendimos a amar la vida, la familia y la libertad. La calleja de la Gloria no fue solo una dirección: fue un universo donde la imaginación volaba más alto que la Giralda y donde cada instante se convirtió en recuerdo eterno.

Porque la verdadera riqueza no está en lo que se posee, sino en lo que se vive y se comparte. Y nosotros, los hermanos Narbona Soriano, fuimos privilegiados: hijos de una época difícil, pero dueños de una infancia luminosa y sevillana que aún hoy nos acompaña. Esa luz, esa alegría, esa Sevilla que nos abrazó, sigue viva en cada uno de nosotros… incluso en las que ya no están con nosotros (Reyes, Fernán y Paquito) y en cada mirada que se pierde evocando la foto de 1950 en los jardines de Murillo, donde fuimos, sin saberlo, los reyes de nuestra propia historia.

Para José Luis, en su 80 cumpleaños, con todo nuestro cariño.



Descendencia a fecha del cumpleaños con apellido Narbona (falta Lázaro, Rubén y Hugo)





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