La Gloria de Nuestra Infancia. Memorias de los hermanos Narbona Soriano (1949-1953)
Aunque nací en el año
1945 en Madrid y viví hasta la tierna edad de cuatro años en la calle Menorca
47 en el madrileño barrio de retiro, donde terminaba ese Madrid pobre y
destruido por la guerra; no fue allí donde pasé el tiempo más feliz de mi
infancia. Ese lugar fue el estrecho callejón de la Gloria, número cuatro, en el
barrio de la Judería de Sevilla.
Más que una calle, era
una estrecha calleja con mosaico de piedras en el suelo, paredes encaladas de
blanco y ventanas o balcones enrejados enmarcados en amarillo donde se podía
imaginar a una dama cortejada por un don Juan.
Nosotros, los hermanos
Narbona Soriano, nacidos en Sevilla o en Madrid, fuimos niños de los años
cuarenta y, como tales, producto de una época y una sociedad un tanto gris, que
salía de una guerra que había devastado el país. Mis padres se casaron en 1939,
recién terminada la guerra. Papá ejerció el periodismo hasta el año 1945 en la
ciudad de Sevilla. Unas discrepancias con la dirección de su periódico, por sus
abiertas simpatías probritánicas, le llevaron al cese y despido, ya que por
aquella época los vientos políticos soplaban hacia la Alemania nazi. Este hecho
supuso el traslado de la familia a Madrid, donde mi padre comenzó a trabajar en
el Ministerio de Educación Nacional, aunque siguió ejerciendo periodismo para
importantes publicaciones de la época como Marca, el Ruedo, Informaciones
siendo uno de los fundadores de la revista 10 minutos.
Por dolorosos avatares
de la vida, en el año 1949 nos trasladamos, momentáneamente huérfanos a vivir a
la casa paterna, en aquel callejón de piratas y aventuras cercano a la torre
más bella de mi vida: la Giralda. Dicen que los primeros años de vida son los
que más influyen en la personalidad, y fueron esos, entre 1949 y 1953, los que
marcaron para siempre mi amor por Sevilla.
La Gloria nos recibió
llena de alegría y bullicio, de luz y agua, como el patio de aquella casa donde
familia, amigos y vecinos se reunían y donde se nos trataba como a reyes. Al
escribir estas líneas me doy cuenta de que el nombre de mi sobrina Gloria bien
pudo ponérselo , mi querido, Paquito a su hija por las sensaciones de libertad
y plenitud que aquella casa y sus habitantes nos regalaron. Y en cierto forma,
yo termine enamorado y casado con otra Gloria, una chica segoviana, la mujer
que yo más quiero, decía la jota. ¡Bendita Gloria!
Aquel 1949 fuimos
acogidos como califas en un reino de taifas: ese quinquenio en la capital
hispalense, mientras Europa, sangraba herida de muerte por las consecuencias de
la Segunda Guerra Mundial, nosotros disfrutamos de la paz, la libertad y el
cariño. La abuela Pepa, el tío Pepe, los primos Narbona y toda aquella familia
bulliciosa nos envolvieron en una felicidad que nunca podremos olvidar mientras
vivamos.
La casa era muy
grande, con dos alturas y una guardilla. Teníamos dos dormitorios para los
hermanos y dos patios: el patio noble, donde se recibían las visitas, y el
patio trasero, el patinillo como lo llamábamos, donde jugábamos a piratas, a
guerreros del antifaz, a Pedrito y Alcázar, al Coyote, a los héroes de la
guerra, a policías y cacos, a las tabas, las chapas, la peonza… . Allí
organizamos verbenas y juegos junto a los primos, y allí también, en una
tórrida siesta de agosto, el tío Pepe —al que no dejábamos dormir— nos lanzó un
cubo de agua. ¡Qué alegría de infancia!
Se preocuparon mucho
los “Pepes” (el tío y la abuela) de que fuéramos felices ante la ausencia paternal.
En aquella época no hubo feria ni fiesta sevillana que no conociéramos: la
Feria de Abril, la Semana Santa, el Corpus Christi. La muchacha y la abuela nos
acompañaban por toda Sevilla. Y si hubo un lugar donde fuimos especialmente
felices, fue en los jardines del Alcázar. Nuestro padre conocía al conservador
un ilustre hombre que perteneció a la generación del 27 y nos dejaban entrar a
nuestro antojo para convertirnos en piratas y corsarios, en guerreros
cristianos y árabes, volando en alfombra mágica con la imaginación más allá de
cualquier límite.
Fuimos todos al
Colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón. Era costumbre en la época que los
niños pequeños, los chicos, fueran hasta la edad de la comunión al mismo
colegio que sus hermanas. Luego, Paquito pasó al Liceo Francés, donde
hubiéramos sido escolarizados los chicos si no hubiéramos vuelto a Madrid en el
año 1953.
Llegados a este punto,
pienso que nuestro carácter, nuestra forma de ser, ese amor por volver a
Sevilla, nuestra personalidad se construyó en esos años y se afianzó en Madrid,
en el gris de la calle Sainz de Baranda, en aquel piso interior que en cierta
forma frustró nuestra alegría andaluza, aunque nunca la sometió, porque los
hermanos siempre conservamos una alegría hispalense. Recuerdo a Paquito, aquel
sabelotodo que tenía que imponer sus ideas, pero con una ternura exquisita. Me
acuerdo de Fernán, el más cariñoso de todos, que sabía escuchar, aunque era muy
cabezota. Me acuerdo de María Reyes, mi hermana pequeña, que era muy chiquita,
muy bonita, pero tenía muchísimo carácter. Y cómo no, de la madre del grupo, Flavia,
la hermana mayor que en aquellos años de ausencia paterna sostuvo con ternura
parte importante de nuestra crianza .
Y yo, que en cierta
forma desarrollé un carácter muy independiente, incluso escapista, que me
brindaba la oportunidad —o la desdicha— de no entrar fácilmente en muchos
juegos de los que allí se desarrollaron y sin embargo siempre dado a la alegría,
a la risa y son famosas mis, por entonces, imitaciones de Cantinflas un
recuerdo muy vivo que perduro en mis hermanos. Y cómo no, el tío Pepe, que fue
como un padre para nosotros, cariñoso, amable, sonriente, juguetón, que nos
llevó a la playa en esos veranos y en veranos que vendrían más tarde, cuando
exiliados de la ciudad gris de Madrid pasábamos las vacaciones en la luminosa
Sevilla, visitando la playa de Cádiz y asistiendo a fiestas y verbenas.
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| La foto que aquí vemos se hizo en el año 1950 en los jardines de Murillo, en Sevilla: plenitud de nuestra infancia y gloria nuestra. |
Hoy, al mirar atrás,
siento que aquellos años no fueron solo un capítulo de nuestra infancia, sino
la raíz de lo que somos. Entre el bullicio de Sevilla, las risas en los patios,
los juegos interminables y el cariño de quienes nos rodearon, aprendimos a amar
la vida, la familia y la libertad. La calleja de la Gloria no fue solo una
dirección: fue un universo donde la imaginación volaba más alto que la Giralda
y donde cada instante se convirtió en recuerdo eterno.
Porque la verdadera
riqueza no está en lo que se posee, sino en lo que se vive y se comparte. Y
nosotros, los hermanos Narbona Soriano, fuimos privilegiados: hijos de una
época difícil, pero dueños de una infancia luminosa y sevillana que aún hoy nos
acompaña. Esa luz, esa alegría, esa Sevilla que nos abrazó, sigue viva en cada
uno de nosotros… incluso en las que ya no están con nosotros (Reyes, Fernán y
Paquito) y en cada mirada que se pierde evocando la foto de 1950 en los
jardines de Murillo, donde fuimos, sin saberlo, los reyes de nuestra propia
historia.
Para José Luis, en su
80 cumpleaños, con todo nuestro cariño.
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| Descendencia a fecha del cumpleaños con apellido Narbona (falta Lázaro, Rubén y Hugo) |

